Porque estas escenas truculentas a nadie engañan. En el fondo sabemos que el verdadero horror lo produce la realidad.
Esa realidad que suele estár lejos de nuestros hogares, en barrios que ni siquiera conocemos, en otros países, en otros lugares.
Que está en el hambre, en los desplazados, en la represión, en los golpes de estado, en las tiranías, en los guetos, en los marginados.
Las pelis de terror, y quizás también este teatro efectista que han montado los bichipenes en estos últimos dibujos, funcionan porque son capaces de exteriorizar algunos de nuestros remotos e íntimos temores: el miedo a ser herido, asesinado, muerto. Pero los exteriorizan de tal manera que el espectador sólo siente un miedo pasajero, amortiguado por el hecho de que las cosas le están pasando a un personaje ficticio, inventado, irreal. El énfasis exagerado de la salsa de tomate es necesario para constatar la virtualidad de la escena. Es como un sueño, pero en todo momento debemos saber que estamos soñando. Y como si se despertara de una pesadilla, se siente un alivio reparador al comprobar que todo el horror se desvanece cuando acaba la función.








Aunque, visto lo anterior, no sabría especificar si es el retrato de un rostro o lo es de cuerpo entero. Si aparecen más pistas, lo haré constar...











